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Qué hacer en Tánger
kasbah de tangerA la Medina hay que dedicarle tiempo, no está de más perderse por ella y disfrutar paseando por  los numerosos puestos con toda clase de dátiles,  frutos secos y especias; los perfumes; las lanas teñidas; la plata y de todo tipo de artículos. La medina de Tánger es un pequeño laberinto de callejuelas, escaleras y puertas que esconden sorpresas tras ellas.
 
El marroquí, por definición es tremendamente hospitalario y amable y no debe ser confundido con los falsos guías y pícaros que te asaltan por la calle y de los que la Medina de Tánger está especialmente surtida.
 
En lo alto se encuentra la Kasbah o fortaleza, desde donde se tienen unas espectacularees vistas del puerto, la Gran Mezquita, la catedral española, las colinas. Si la subida a pie te a la kasbah de Tánger te ha dejado cansado  y  no quieres perder el tiempo cogiendo autobuses, puedes seguir el recorrido en un petit taxi.

Otra actividad que no debes perderte es visitar el mercado Fondouk, cerca de la Rue de la Liberté. Hay que estar atentos para no pasarse de largo la puerta, en cuyo interior de suelo negro y húmedo nos encontramos con todo tipo de puestos, sobre todo de fruta y verdura, y tanto aquí como en cualquier punto de Tánger complace la frescura de enormes cestos de menta recién cogida. En la planta superior de este mercado es donde se encuentra el Fondouk, lleno de belleza de la artesanía tradicional y paciente.

La galería que recorre el Fondouk, completamente abierta a la luz, se reparte en pequeñas habitaciones también abiertas al visitante, cada una provista de un antiquísimo telar del que salen hermosas alfombras y chilabas.
 
El fondouk  está muy cerca del mítico Hotel El Minzah, acaso sea el momento de pasarse por él para refrescarse, tomar un cóctel en la barra y después saborear una de las mejores comidas de todo el país.
 
Al atardecer, cuando el sol comienza a declinar, no sería mala idea contagiarse del tradicional arte contemplativo del marroquí. Sin duda es la mejor hora del día para dejar vagar la vista alrededor mientras se saborea un té a la menta en el  Café Hafa, formado por terrazas escalonadas que parecen despeñarse desde la colina hacia un mar abrupto entre flores y arbustos y se puede, mientras se divisa, oír la llamada a la oración.
 
O bien se puede optar por el también legendario Café de París, en la Place de France, donde los clientes, hombres en su mayoría, se pasan las horas mirando a los que transitan por la calle. No es de extrañar que, según cuenta la leyenda, fuese durante la Segunda Guerra Mundial centro de encuentro de espías de todos los países.
 
De la vida nocturna no te hablo, tan sólo decirte que hay marcha hasta altas horas de la madrugada